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El hijo que robó el caballo de Atila, Iván Repila (Seix Barral)


Después de la lectura de El aliado supimos de Iván Repila y de su talento. No es la primera vez que una grata experiencia lectora de una publicación reciente nos lleva a echar la vista atrás en busca de la obra anterior del autor o autora en cuestión. Y aquí estamos, con El hijo que robó el caballo de Atila, el que para muchos es todavía la mejor novela del autor vasco.
 

El niño que robó el caballo de Atila es de esas novelas que son leídas de un tirón, hipnotizantes, que pueden ser leídas como un cuento largo (apenas 130 páginas) y que bastan para descubrir la capacidad creativa de un escritor.
Con una propuesta casi teatral (dos personajes, un único escenario, espacio cerrado), la historia gira en torno a dos hermanos, dos niños sin nombre (solo les conocemos como El grande y El pequeño) que se encuentran en el interior de un pozo. Atrapados, después de una caída de la que no se nos desvela casi nada.



Así, día a día, comienza un tour de forcé de supervivencia en el que la búsqueda de comida, de distracciones, de imposible convivencia, y sobre todo, de mil formas de pergeñar un plan de escape, nos atrapan de tal forma que es como si el lector fuera un tercer miembro sumido en el interior del pozo.

Hay una madre, a la que se nombra (hay una bolsa de comida con ellos, que no pueden tocas porque forma parte de un recado para ella). No hay ninguna prisa, el narrador sabe cuándo y qué nos tiene que desvelar en el momento preciso de la novela.


El niño que robó el caballo de Atila solo puede ser entendida como fábula y como metáfora, y así funciona de forma magistral. Porque la novela habla de egoísmo y de capacidad de adaptación, de resignación y de fuerza de voluntad. Pero sobre todo habla de los pozos en los que vivimos como seres humanos, con realidades plenamente acotadas que nos hacen vivir con el espejismo de tenerlo todo bajo control, cuando en realidad es imposible escapar de determinados parámetros. Y también de justo lo contrario, de nuestra capacidad para cambiarlo todo y redefinir las fronteras de nuestro pozo.



Ojo, porque nos encontramos ante una novela mayor, distópica y alegórica que hace inevitable compararla con la obra de José Saramago, donde nada (o todo) es lo que parece. Quizá el mayor elogio que puedo hacer de esta novela es que he vuelto a leer a Saramago; que una obra consiga rescatar a uno de los más grandes la convierte en grande en sí misma.


Tenéis que leer a Iván Repila. Yo ya me he hecho con Una comedia canalla, su primera novela, para seguir entendiendo el mapa de ruta de un autor que me tiene maravillado y desconcertado a partes iguales.


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